Construyendo sueños

Aunque no se lo esperaba, a Jaime Luis Martínez una empresa constructora le cambió la vida.

Nacer en un hogar de 16 hermanos, en zona rural de Titiribí y con pocos recursos no representaba el mejor panorama para alguien que quería salir adelante. Una pelea con sus padres apenas cumplidos los 14 años fue la excusa perfecta para que Jaime Luis Martínez huyera de esa realidad.

Del suroeste de Antioquia partió hacia el eje cafetero. Allí padeció incontables penurias; no solo la falta de empleo y de una vivenda, también el hambre, el rechazo, la soledad… Fueron varios años durmiendo en la calle y en ocasiones hasta robando comida para sobrevivir. Deambuló por diferentes zonas del interior del país, retornó a casa y luego partió hacia La Guajira. Allí prestó servicio militar y combatió al entonces posicionado M19. Fueron años de mucho dolor: ver compañeros morir, presenciar torturas, matar. La posibilidad de una carrera militar se vio frustrada por su falta de estudios y su destino continuaba sin un rumbo claro.

Luego de recorrer el norte del país, se estableció en Medellín. Trabajó en supermercados y como escolta sin mayor éxito. En medio de la angustia del desempleo le ofrecieron sacar arena del Río Medellín, propuesta que por obvias razones no muchos apreciarían pero que para Jaime fue su última carta, la cual sin imaginarlo le cambiaría la vida.

Allí, lidiando con las inmundicias del río le ofrecieron su primer trabajo en la construcción. Uno de los primeros contratistas de Óptima valoró su capacidad de trabajo y no se equivocó. Empezaban los años 80, la empresa constructora comenzaba a crecer y Jaime encontraba allí trabajo, ejemplo y una familia que lo apoyó en los peores momentos. Él por su parte dio su sudor y su espíritu de sacrificio, ese mismo que aprendió de sus abuelos en Titiribí.

Cada oportunidad en la empresa Jaime la supo aprovechar. Ya sea un buen consejo de un jefe, asistir a clase y alfabetizarse en la escuela de las obras, ascender en diferentes cargos de la construcción, incluso inscribir a su hija al semillero de guitarra ofrecido dentro del programa de responsabilidad social corporativo.

Hoy su rostro, endurecido por los años, refleja la satisfacción de un trabajador que con su esposa y sus cuatro hijos sonríe y afirma: “gracias a la empresa encontré un apoyo y encontré una familia”.

Etiquetas: Camilo Álvarez

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